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sábado, 9 de marzo de 2013

LA BATALLA

Por: César Uribe

La guerra fue declarada.  Un ejército invencible daba paso tras paso hacia el campo mientras las nubes del cielo salpicaban de negro la atmósfera, impidiendo divisar estrellas en la alta vista, donde no alcazaba a danzar el aire.  Vestidos de pies a cabeza con armaduras oxidadas se movilizaban hacia el encuentro.  Por entre las viseras solo estaba la sombra del terror.  No era la primera vez que la oscuridad daba la cara para confabular las estrategias por el ejército planeadas que, al igual que la noche, guardaban turbias intenciones.  Millas atrás,  como las agujas de un reloj, se escuchaban tropezar la tierra los pasos firmes y en el viento, libremente,  cada natural aleteo dejando a su movimiento ecos huérfanos. 

El capitán avanzaba sin piedad de sobrepasar los límites de la letal agonía si fuera necesario morir para vencer.  No llevaba en su mente otro plan alterno a ganar.  Con mucho orgullo y silencio, no compartía ideales por simple egoísmo de quedar olvidado en el pasado, en la historia si su energía iba dirigida a demandar acciones de guerra.   Tampoco pensaba dos veces antes de actuar.  El cuerpo, más fuerte que la mente, le impedía esconder su sed de vengadora perseverancia, que distribuía por medio de gritos a sus subordinados como venas por donde viaja odio y rencor infundido desde la víspera del nacimiento. 

Un largo recorrido trajo al enemigo enredado en el camino: un gigante de cuerpo y alma, tan valiente como el ejército y dispuesto a defender su virtud de peleador.  Solamente contaba con una dificultad: estaba dormido, vagabundo dentro de los sueños y no advirtió la llegada de la vil tropa.

Mientras seguía embelesado por el sueño y se ceñía más a las formas de sus brazos para acolchonarse, el ejército había llegado a interrumpirle el sueño.  “Guerraaa”, dijo con el más estrepitoso estruendo el primero de los atacantes.  A este le siguió la algarabía liada a palabras escupidas desde lo más hondo de las blandas carnes.  Con filos de navajas vírgenes se estremecieron las cándidas olas del viento dando así vahos de miedo y terror.  La luna seguía tan callada y tan trémula como desde el comienzo, solo que, sin ser percibida, había adelantado un trozo del camino.  Los árboles, bien amigados con la bestia, suscitaron lloriqueos dejando caer las hojas de sus largas ramas y abriendo paso a caudalosos llantos. 

En tanto los peones atacaban, el capitán se sentía furioso por tan sorda respuesta a sus sentimientos de ira.  No le cabían en la cabeza razones que mantuvieran firmes sus acciones, no obstante, no hizo nada para detenerlas.  Así como cuando los seres sabemos que estamos haciendo el mal, pero, posibilitados, no movemos montañas para remediarlo.

La bestia se movía con cegadora velocidad, consciente de que era molestada por criaturas que sus ojos no veían.  Fallidos intentos de despertarse.  Las serpientes del sueño enredaron cada una de las dimensiones de su cuerpo para persuadirlo de sus acciones y hacer más fuertes sus ganas de revivir, pero, al mismo tiempo, depurarlas para hacerlo sentir un esclavo más de la memoria, del poder de la mente, su propia mente. 

Un disparo del cielo lo desentabló del sueño hondo y oscuro.  Las montañas se abrieron paso para traerlo de nuevo a lo que sería la realidad.  Sintió su cuerpo herido, picazones y grandes hinchazones causadas por los enemigos que aún seguían presentes, escondidos entre cortinas de silencio y tinieblas.  Cuando retomó la capacidad del movimiento pudo bajar los pies de la cama, prender la luz, aplicarse repelente, sacudir por entre las persianas con el primer trapo que encontró, matar uno que otro zancudo y volver de nuevo a su sueño perdido, después de primero arroparse con un telón de seda gruesa.  Así pudo deshacerse de las incómodas molestias que le producían estos insectos que a diario se aprovechaban de su dulce sangre y del vasto cansancio que lo acogía cuando llegaba la noche para atacarlo.

Todos somos propios esclavos de nuestras mentes, pero nuestro corazón es igual de fuerte que nuestra propia existencia.

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