La guerra fue declarada. Un ejército invencible daba paso tras paso
hacia el campo mientras las nubes del cielo salpicaban de negro la atmósfera,
impidiendo divisar estrellas en la alta vista, donde no alcazaba a danzar el
aire. Vestidos de pies a cabeza con
armaduras oxidadas se movilizaban hacia el encuentro. Por entre las viseras solo estaba la sombra
del terror. No era la primera vez que la
oscuridad daba la cara para confabular las estrategias por el ejército
planeadas que, al igual que la noche, guardaban turbias intenciones. Millas atrás,
como las agujas de un reloj, se escuchaban tropezar la tierra los pasos
firmes y en el viento, libremente, cada
natural aleteo dejando a su movimiento ecos huérfanos.
El capitán avanzaba sin piedad de sobrepasar los
límites de la letal agonía si fuera necesario morir para vencer. No llevaba en su mente otro plan alterno a
ganar. Con mucho orgullo y silencio, no
compartía ideales por simple egoísmo de quedar olvidado en el pasado, en la historia
si su energía iba dirigida a demandar acciones de guerra. Tampoco pensaba dos veces antes
de actuar. El cuerpo, más fuerte que la
mente, le impedía esconder su sed de vengadora perseverancia, que distribuía
por medio de gritos a sus subordinados como venas por donde viaja odio y rencor
infundido desde la víspera del nacimiento.
Un largo recorrido trajo al enemigo enredado en el
camino: un gigante de cuerpo y alma, tan valiente como el ejército y dispuesto
a defender su virtud de peleador. Solamente
contaba con una dificultad: estaba dormido,
vagabundo dentro de los sueños y no advirtió la llegada de la vil tropa.
Mientras seguía embelesado por el sueño y se ceñía más
a las formas de sus brazos para acolchonarse, el ejército había llegado a interrumpirle
el sueño. “Guerraaa”, dijo con el más
estrepitoso estruendo el primero de los atacantes. A este le siguió la algarabía liada a
palabras escupidas desde lo más hondo de las blandas carnes. Con filos de navajas vírgenes se
estremecieron las cándidas olas del viento dando así vahos de miedo y terror. La luna seguía tan callada y tan trémula como
desde el comienzo, solo que, sin ser percibida, había adelantado un trozo del
camino. Los árboles, bien amigados con
la bestia, suscitaron lloriqueos dejando caer las hojas de sus largas ramas y
abriendo paso a caudalosos llantos.
En tanto los peones atacaban, el capitán se sentía
furioso por tan sorda respuesta a sus sentimientos de ira. No le cabían en la cabeza razones que
mantuvieran firmes sus acciones, no obstante, no hizo nada para
detenerlas. Así como cuando los seres
sabemos que estamos haciendo el mal, pero, posibilitados, no movemos montañas
para remediarlo.
La bestia se movía con cegadora velocidad, consciente
de que era molestada por criaturas que sus ojos no veían. Fallidos intentos de despertarse. Las serpientes del sueño enredaron cada una
de las dimensiones de su cuerpo para persuadirlo de sus acciones y hacer más
fuertes sus ganas de revivir, pero, al mismo tiempo, depurarlas para hacerlo
sentir un esclavo más de la memoria, del poder de la mente, su propia
mente.
Un disparo del cielo lo desentabló del sueño hondo y
oscuro. Las montañas se abrieron paso
para traerlo de nuevo a lo que sería la realidad. Sintió su cuerpo herido, picazones y grandes
hinchazones causadas por los enemigos que aún seguían presentes, escondidos
entre cortinas de silencio y tinieblas.
Cuando retomó la capacidad del movimiento pudo bajar los pies de la
cama, prender la luz, aplicarse repelente, sacudir por entre las persianas con
el primer trapo que encontró, matar uno que otro zancudo y volver de nuevo a su
sueño perdido, después de primero arroparse con un telón de seda gruesa. Así pudo deshacerse de las incómodas
molestias que le producían estos insectos que a diario se aprovechaban de su
dulce sangre y del vasto cansancio que lo acogía cuando llegaba la noche para
atacarlo.
Todos somos propios esclavos de nuestras mentes, pero
nuestro corazón es igual de fuerte que nuestra propia existencia.
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