Por: César Uribe
Cuando Arturito terminó su primer ensayo, la tapa armónica del piano
vertical se vino abajo con un estruendoso ruido. No era de asombrarse, pues el instrumento estaba
muy antiguo y desgastado, pero cuando se detuvo el sonido y se aclaró la vista,
el niño observó que había un hombre
bastante acomodado allí. Sin esfuerzo, este
fue sacando cada una de las partes de su cuerpo, empezando por las piernas,
hasta quedar completamente afuera. Era impensable
que alguien tan alto cupiera en aquel espacio tan estrecho o, también, que
llevara tan cómodamente sombrero, saco de terciopelo y calzado italiano en
perfectos estados. A pesar de esto, el
hombre no mostró la más mínima queja y por el contrario tomó al niño por los
hombros sentándolo nuevamente en la banqueta.
Duró tres horas afinando el instrumento a la perfección con las
herramientas que guardaba dentro de él y después le indicó el primer ejercicio
de digitación al niño. Cuando hubo
terminado la clase, se ajustó el sombrero y volvió a entrar en la cavidad del
piano. Tras semejante sorpresa, Arturito
se sobó los párpados y volvió a dejar los ojos sumamente abiertos para esperar
volver a ver, otra vez, al hombre del piano.
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