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miércoles, 13 de febrero de 2013

Mr. Steinway


Por: César Uribe

Cuando Arturito terminó su primer ensayo, la tapa armónica del piano vertical se vino abajo con un estruendoso ruido.  No era de asombrarse, pues el instrumento estaba muy antiguo y desgastado, pero cuando se detuvo el sonido y se aclaró la vista,  el niño observó que había un hombre bastante acomodado allí.  Sin esfuerzo, este fue sacando cada una de las partes de su cuerpo, empezando por las piernas, hasta quedar completamente afuera.  Era impensable que alguien tan alto cupiera en aquel espacio tan estrecho o, también, que llevara tan cómodamente sombrero, saco de terciopelo y calzado italiano en perfectos estados.  A pesar de esto, el hombre no mostró la más mínima queja y por el contrario tomó al niño por los hombros sentándolo nuevamente en la banqueta. 

Duró tres horas afinando el instrumento a la perfección con las herramientas que guardaba dentro de él y después le indicó el primer ejercicio de digitación al niño.  Cuando hubo terminado la clase, se ajustó el sombrero y volvió a entrar en la cavidad del piano.  Tras semejante sorpresa, Arturito se sobó los párpados y volvió a dejar los ojos sumamente abiertos para esperar volver a ver, otra vez, al hombre del piano.

   

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